Llevo semanas dándole vueltas a un género que en las librerías españolas casi no tiene estante propio. Se llama ucronía y a lo mejor has leído varias sin saber que se llamaban así.
Una ucronía es un cambio y sus consecuencias
La regla es sencilla y es lo que la separa de la novela histórica: se cambia un solo hecho verificable del pasado y a partir de ahí se cuenta, con toda la honradez posible, el mundo que sale. No es fantasía y no es viajar en el tiempo. Es un experimento con una sola variable.
La novela histórica se mete en los huecos que la historia dejó vacíos: qué se dijeron dos personas en una habitación de la que no hay acta. La ucronía hace lo contrario. Toca un hecho que sí está documentado, lo cambia, y luego se aguanta las consecuencias durante cuatrocientas páginas.
De ahí que las buenas se reconozcan por lo mismo: el punto de divergencia es pequeño y concreto. Cuanto más pequeño el cambio y más grande lo que arrastra, mejor funciona.
Casi todas las que conocemos están escritas en inglés
Haz la prueba mental. Las ucronías que te vienen a la cabeza son casi seguro tres: que ganaron los nazis, que el Sur ganó la guerra de Secesión, o que el imperio británico nunca se deshizo. Son buenísimas muchas de ellas. Pero son la historia de otros contada por los suyos.
En español el género existe, pero es minoritario y está disperso. Y eso tiene su gracia amarga, porque pocos sitios del mundo tienen tantos puntos de divergencia disponibles como la historia de España y América.
El punto de divergencia que estaba ahí y nadie usaba
Este es el que me ha hecho escribir la entrada, porque es real y da un poco de vértigo.
La Constitución de Cádiz de 1812 empieza diciendo, en su artículo primero, que la nación española es «la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios». Ambos. No era retórica: en septiembre de 1810 se eligieron treinta diputados suplentes entre los americanos y filipinos que vivían en Cádiz, mientras llegaban los titulares desde el otro lado del Atlántico. Con el tiempo llegaron a sentarse ochenta y seis diputados de ultramar.
Y luego está el artículo 22. Ese dice que los españoles «que por cualquiera línea son habidos y reputados por originarios del África» no son ciudadanos, aunque se les deja «abierta la puerta de la virtud y el merecimiento»: podrían pedir una carta de ciudadanía a las Cortes si prestaban servicios cualificados o destacaban por su talento, siempre que fueran hijos de matrimonio legítimo de padres libres, casados con mujer libre, avecindados y con una profesión ejercida con capital propio.
Lo diseñó y lo defendió Agustín Argüelles, el mismo que pasó a la historia como «el Divino» por su oratoria liberal. Y el motivo de fondo no era filosófico sino aritmético: si las castas contaban como ciudadanos, América aportaba más población y por tanto más representación que la Península. Sale más barato no contarlos.
Ahí tienes el punto de divergencia servido. ¿Y si el artículo 22 hubiera dicho que sí?
Alguien lo ha escrito
Ese es exactamente el arranque de La constitución de los dos mares, de Helena Wagner. Cádiz sitiada, las bombas cayendo sobre la bahía, y un suplente llegado de ultramar —mestizo, y que no cree ni media palabra de lo que está firmando— firma la cláusula que iguala a todos los hombres del imperio. La firma por cálculo, porque le conviene.
Lo que más me gusta del planteamiento es que no se queda en el fuego artificial de «y entonces España fue muy poderosa». El imperio no se rompe: se convierte en la Mancomunidad de los dos mares, un solo país con un océano dentro. Pero la novela sabe que una promesa firmada por cálculo tarda generaciones en cumplirse de verdad, y dedica ciento ochenta años y cinco generaciones a cobrar la factura: los ingenios de las Antillas, la frontera del agua, una guerra que no debía existir, y al final el vacío a trescientos kilómetros de la Tierra.
Son cuatrocientas noventa y dos páginas y se leen como se leen las novelas de saga, que es tirando de un hilo familiar. A mí me ganó que el objeto que atraviesa los cinco tramos no sea una espada ni un anillo: es un acta amarillenta que va cambiando de manos y que funciona como termómetro moral de quien la tiene delante.
Por dónde entrar al género
Si nunca has leído una ucronía, mi consejo de lector a lector es que empieces por una que te pille cerca. La distancia histórica juega en contra: cuando el punto de divergencia te suena de clase, el juego mental funciona solo, porque tú ya sabes cómo acabó de verdad y puedes ir comparando sobre la marcha.
Por eso creo que la puerta natural para un lector en español es una ucronía hispana, no una traducida. Y por eso llevaba tiempo echando de menos que alguien tocara Cádiz.