
Tardé treinta y cinco años en dejar mi primer libro a medias sin sentirme un fraude. Fue con una novela premiadísima que todo el mundo tenía en la mesilla ese verano. Página 120, seguía sin importarme nada de lo que le pasaba a nadie, y en vez de forzarme un capítulo más, la cerré y la puse en la balda de arriba. Sentí un alivio casi físico. Y me di cuenta de que llevaba media vida leyendo con una regla absurda metida en la cabeza: que abandonar un libro era hacer trampa.
No lo es. Te lo digo yo, que soy de los que subrayan y ponen pósits. Dejar un libro a tiempo es una de las decisiones más sanas que puedes tomar como lector. Y hoy os cuento por qué, y cómo lo hago sin que me remuerda la conciencia.
Por qué nos cuesta tanto abandonar un libro
La culpa no sale de la nada. Arrastramos la idea del colegio de que un libro se empieza y se termina, como los deberes. Le sumamos que lo pagaste, que alguien te lo regaló con ilusión, que en Instagram parece que todo el mundo lo ha devorado en un fin de semana. Y ahí aparece el enemigo silencioso: la falacia del coste hundido.
Es esa vocecita que dice «ya llevo 150 páginas, sería tirar el esfuerzo». Pero el esfuerzo ya está gastado, lo termines o no. Seguir leyendo algo que no te da nada no recupera esas horas: solo añade más horas perdidas encima. En economía lo tienen clarísimo. En la mesilla, en cambio, nos empeñamos en «amortizar» ladrillos que no disfrutamos.
El tiempo lector es finito de verdad
Hagamos una cuenta incómoda. Si lees unos veinte libros al año (que ya es un buen ritmo) y te quedan, con suerte, cuarenta años de buena vista, son unos ochocientos libros. Ochocientos. Para toda una vida. Cada vez que te obligas a terminar uno que no te llena, estás gastando uno de esos ochocientos huecos. Visto así, terminar por obligación no es virtud: es despilfarro.
Abandonar un libro no es fracasar (ni tuyo ni del autor)
Aquí conviene separar dos cosas que solemos mezclar. Una es que el libro sea malo. Otra, mucho más frecuente, es que no sea para ti ahora. Hay libros que necesitan que llegues con cierta edad, cierto duelo, cierta calma. Yo abandoné Rayuela con veinte años convencido de que Cortázar me odiaba, y lo retomé a los treinta y me voló la cabeza. No había cambiado el libro. Había cambiado yo.
Nabokov decía que no se puede leer un buen libro, solo releerlo. Y para releer, antes hay que sobrevivir a la primera lectura sin acabar odiándola. A veces cerrar y aparcar es lo que salva la relación con un título para el futuro.
Tampoco es un desprecio al autor. Un escritor no necesita que sufras sus páginas por educación. Prefiere, te lo aseguro, que lo dejes hoy y vuelvas con ganas dentro de tres años, a que lo termines con rencor y no lo recomiendes jamás.
Cómo decidir sin culpa: mi método casero
Con los años he ido puliendo un pequeño protocolo para no quedarme atascado ni abandonar por pereza pasajera. No es ciencia, es sentido común ordenado:
- La prueba de las 50 (o de la edad). A la bibliotecaria Nancy Pearl se le atribuye una regla estupenda: dale 50 páginas a un libro. Y si tienes más de 50 años, resta tu edad a 100 y esas son las páginas de cortesía que le debes. Cuantos más años cumples, menos tiempo tienes para tonterías. Me parece de una sabiduría enorme.
- La pregunta de la mesilla. Cuando apago la luz, ¿tengo ganas de que sea mañana para seguir, o me da igual? Si tres noches seguidas me da igual, el libro ya me está diciendo algo.
- ¿Es esfuerzo bueno o esfuerzo muerto? Hay libros difíciles que cuestan pero te ensanchan. Y hay libros que solo son tediosos. El primero merece paciencia; el segundo, la balda de arriba.
- Pausa antes que sentencia. No siempre abandono del todo. Muchas veces «aparco». Lo dejo a la vista, no en la caja de dar, por si el momento llega más adelante.
Si después de eso sigues sin conectar, cierra el libro. En serio. No pasa nada. Nadie te va a examinar.
Lo que gano cuando suelto un libro
Desde que perdí el miedo a dejar libros a medias, leo más y mejor. Suena paradójico, pero es lógico: al no arrastrar un ladrillo durante semanas, no caigo en esos bloqueos lectores en los que no abres nada porque «tienes uno empezado». Cierro, respiro y cojo el siguiente con hambre.
Además, he afinado el criterio. Reconozco antes cuándo un libro me está funcionando de verdad y cuándo estoy leyendo por inercia. Es un músculo, y se entrena soltando. Si quieres, esto conecta con algo de lo que ya hablamos sobre cómo elegir tu próximo libro sin dejarte llevar solo por el hype: elegir mejor a la entrada hace que abandones menos a la salida.
Y una cosa más, medio en broma medio en serio: abandonar libros me ha quitado el vértigo de la pila de pendientes. Cuando entiendes que ninguno de esos títulos es una obligación contractual, la torre deja de ser una amenaza y vuelve a ser lo que debería: una promesa de cosas buenas por venir.
Entonces, ¿nunca terminar nada?
Cuidado, tampoco caigamos en lo contrario. No defiendo abandonar al primer bostezo. Los libros que de verdad te cambian muchas veces piden aguantar un arranque lento; casi todo lo que amo me costó al principio. La clave no es abandonar más por sistema, es abandonar con criterio: distinguir el aburrimiento perezoso del rechazo real, y quedarte con lo segundo como señal.
Así que mi consejo, de lector a lector: la próxima vez que estés arrastrando un libro por deber, date permiso. Cierra, respira y coge otro que te apetezca de verdad. Leer es de los pocos placeres que quedan sin nota final. No lo conviertas en un deber. Y si esta noche dejas uno a medias sin culpa, cuéntamelo. Me hará ilusión saber que no soy el único.