En 1945, Arthur C. Clarke describió los satélites que hoy te dan el GPS

5

Hay una historia sobre Clarke que se cuenta mucho y casi siempre a medias. Merece la pena contarla entera, porque la parte que se omite es la mejor.

Octubre de 1945

Clarke publicó un artículo titulado Extra-Terrestrial Relays en Wireless World, una revista para gente de radio. No era una revista científica ni una tribuna prestigiosa: era donde escribían los aficionados.

Lo que planteaba: si pones un satélite a la altura justa sobre el ecuador, tardará en dar la vuelta exactamente lo que tarda la Tierra en girar. Visto desde abajo, parecerá que está quieto. Y con un satélite quieto puedes rebotar señales sin tener que perseguirlo con una antena.

Hizo la cuenta y llegó al número que hoy repite cualquier manual: con tres satélites bien repartidos se cubre el planeta entero.

Dieciocho años después

El primer satélite en órbita geoestacionaria, el Syncom 2, se lanzó en 1963. Clarke llevaba dieciocho años esperando.

Hoy esa órbita tiene nombre propio. La Unión Astronómica Internacional la llama órbita de Clarke, y al anillo de satélites que la ocupan, cinturón de Clarke. Es de los pocos casos en que un escritor de ficción tiene una región del espacio con su apellido.

La parte que se suele omitir

Aquí viene lo bueno, y es lo que más me interesa de la anécdota: Clarke no patentó nada.

Años después escribió sobre ello con un humor que le honra: pensaba que aquello no se haría en vida suya y que ponerle una patente a algo tan lejano era ridículo. Vio nacer la industria entera de las telecomunicaciones por satélite sin cobrar un céntimo por la idea.

Qué tiene que ver esto con sus novelas

Todo, y por eso lo cuento en un blog de libros.

La ciencia ficción de Clarke funciona con el mismo procedimiento que aquel artículo: coger una idea que suena a fantasía, hacerle las cuentas y demostrar que solo es difícil. El ascensor espacial de Las fuentes del paraíso es exactamente eso. El monolito de 2001, también, a su manera.

Por eso sus novelas envejecen raro. Los personajes se quedan antiguos enseguida, pero los cálculos aguantan, y de vez en cuando alguno se vuelve realidad y hay que releer el libro sabiendo que aquello ya existe.

Y una advertencia

Se ha escrito mucha tontería sobre Clarke como profeta. No lo era. Falló en un montón de cosas: se equivocó de plazos casi siempre y no vio venir el ordenador personal, que resultó ser mucho más importante que media docena de cosas que sí predijo.

Lo que hacía bien no era adivinar. Era razonar hasta el final una idea que los demás descartaban por rara. Que es un oficio distinto, y más útil.

Librero Libre

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *