Ciencia ficción latinoamericana: por dónde entrar a lo que casi nadie te recomienda

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Pide una lista de ciencia ficción y te van a dar la misma de siempre: tres estadounidenses, un británico y, si hay suerte, alguien polaco. Está bien esa lista. Yo también empecé por ahí. Pero hay un continente entero escribiendo el género desde hace ochenta años y casi nunca sale.

Esto no es una lista de buenas intenciones. Son libros que se sostienen solos.

La que abre la puerta: Angélica Gorodischer

Si tuviera que empezar por un solo nombre, empezaría por ella. Angélica Gorodischer es la precursora del género en Argentina y, por extensión, en buena parte del continente. Su libro más conocido es Kalpa Imperial, de 1983: la historia de un imperio que no existe, contada a trozos por narradores distintos, como si fueran leyendas recogidas de oídas.

Hay un dato que lo dice todo sobre la altura de ese libro. Quien lo tradujo al inglés fue Ursula K. Le Guin. No una traductora cualquiera con encargo: una de las mayores escritoras del género decidió que ese libro tenía que leerse en su idioma y lo tradujo ella.

Se lee sin saber nada previo. Cada capítulo funciona como un cuento y no hay que llevar la cuenta de nada.

El que estaba antes que todos: Bioy Casares

La invención de Morel es de 1940 y lleva prólogo de Borges. Un fugitivo llega a una isla desierta que resulta no estarlo: hay gente que aparece, se repite, no lo ve. La explicación —que no voy a contar— es una máquina.

Lo que sigue impresionando es la fecha. En 1940, un argentino escribió una novela sobre grabar personas enteras y reproducirlas indefinidamente. Hoy la llamaríamos realidad virtual, o la llamaríamos otra cosa peor. Se lee en una tarde y no ha envejecido un día.

El presente: nombres que hay que buscar

La ciencia ficción latinoamericana de ahora no se parece a la anglosajona y esa es justamente su gracia. Casi nunca va de naves. Va de cuerpos, de fronteras, de territorios envenenados y de tecnología que llega mal, tarde y a quien no toca.

Liliana Colanzi, boliviana, escribe cuentos donde lo extraño no se explica nunca: sencillamente está ahí, en un pueblo minero o en una carretera. Es de las que mejor consigue que se te quede el cuerpo raro sin haber enseñado nada.

Rita Indiana, dominicana, escribió una novela de desastre climático en el Caribe que mezcla santería, viaje en el tiempo y el mar muerto. Suena a demasiado. Funciona.

Samanta Schweblin y Agustina Bazterrica, argentinas las dos, trabajan la distopía cercana: la de dentro de diez minutos, no la de dentro de mil años. Bazterrica en particular escribió un libro sobre la carne que es de los más incómodos que he leído y que se lee de una sentada, cosa que empeora el asunto.

Bernardo Fernández, «Bef», mexicano, viene del cómic y de la novela negra, y hace ciencia ficción con esa mezcla: mundos futuros con estructura de policiaco.

El detalle que cambia el género entero

Hay una cosa que se nota al pasar de la ciencia ficción anglosajona a esta, y me costó unos cuantos libros ponerle nombre.

En la tradición del norte, el futuro suele ser un problema técnico: hay una nave, hay un fallo, hay que resolverlo. En buena parte de la latinoamericana, el futuro es un problema de reparto. La tecnología existe, pero está mal distribuida; el desastre ya ha pasado y lo raro es quién lo paga. No es una lectura más pesimista: es una lectura desde otro sitio del mapa.

Cuando llevas unos cuantos leídos, volver a la space opera clásica se hace curioso. Sigue gustando, pero se le ven las costuras del lugar desde donde está escrita.

Por dónde empezaría yo

Si vienes de la ciencia ficción de siempre y quieres el salto más suave, empieza por La invención de Morel: es corta, es clásica y es rarísima. Si te va lo literario y no te asusta que un libro no te explique nada, ve directo a Colanzi. Y si quieres el que más te va a durar, Kalpa Imperial.

Ninguno de los tres pide conocer nada anterior. Es la ventaja de un género que aquí nunca llegó a tener capillas.

Librero Libre

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