La pregunta la hicieron sus lectores y tiene nombre propio en la casa: el libro terremoto. Ese que te cambia la forma de ver el mundo. Con una norma para contestar, puesta de antemano: no vale decir la Biblia.
Contestaron los cuatro, y lo interesante es que dos dijeron que ninguno.
«A mí no me ha cambiado la vida ningún libro»
Marc Urgell fue el primero en decirlo, y sin adornos: ni libros ni películas. Lo que le cambió la vida fueron dos cosas que no se leen.
La muerte de su abuelo, cuya última frase fue que lo más importante es ser buena persona; él cree que se lo dijo sabiendo que se moría. Y ver a su padre en el paro a los cincuenta años, sin formación, cuando él estaba a punto de entrar en la universidad y era, en sus palabras, un desastre estudiando. De ahí salió el susto que le hizo espabilar.
Willyrex va por el mismo camino, con un matiz que cualquiera con hijos debería escuchar. A él no le cambió un libro: le cambió una profesora. Con nueve años, en su habitación se guardaban los libros de su madre, aquellas colecciones que venían con el periódico, y ese mismo año una profesora montó un concurso de lectura: cada cien páginas, una pegatina. Daba igual la extensión del libro.
Aquella competición lo volvió loco. Se leyó a Julio Verne entero empezando por La isla misteriosa, El Señor de los Anillos, Harry Potter, todo lo que pillaba. Y a los doce, al llegar al instituto, lo dejó y no ha vuelto a leer de forma seguida.
Los que sí dieron títulos
Álvaro845 nombra tres, y el primero con una historia detrás:
Es fácil dejar de fumar si sabes cómo, de Allen Carr. Fumaba, lo leyó y lo dejó. Cuenta el mecanismo del libro, que es su parte más recordada: te pide que sigas fumando exactamente igual mientras lo lees, sin cambiar nada, hasta el final. Y recuerda un capítulo que le pareció brillante: el titulado «los beneficios de fumar», que está completamente en blanco.
La buena suerte, de Álex Rovira y Fernando Trías de Bes. Lo leyó con dieciocho años. Él mismo lo llama simplón, pero en ese momento le vino bien: la idea de que la suerte te la trabajas tú.
Invicto, de Marcos Vázquez, sobre estoicismo. Lo leyó en una época en la que estaba quemado y replanteándose cosas.
El que se montó una universidad de libros
Euge Oller cuenta el caso opuesto y es el más revelador de los cuatro.
Al salir del máster quería emprender y se dio cuenta de que con lo aprendido en la carrera iba muy pez. Así que se compró todos los libros de empresa y desarrollo personal que pillaba y se levantaba antes de hora para leerlos. Tres o cuatro años así. Muchos los descartaba a medias.
Y llegó a un punto que cualquiera que haya leído mucho de este género reconocerá: las ideas se repiten. Lo que se publica son, en su mayoría, refritos de unos pocos libros matriz de los que salen todos los conceptos. Su conclusión fue quedarse con esos y dejar el resto.
Por el camino montó una empresa de resúmenes de libros, así que lo que no ha leído entero lo ha leído resumido. Hoy, cuando lee, lee entretenimiento.
La frase que ordena el asunto
La dice él y sirve para cualquier lista de recomendaciones que se cruce por delante: que un libro te lo recomiende alguien no significa que te vaya a cambiar nada, porque cada libro es terremoto o no según el momento por el que estés pasando.
Es la explicación de por qué releer funciona. Cuenta que volvió a El ego es el enemigo, de Ryan Holiday, y que se leía como un libro distinto: lo que antes le resonaba, ya no; lo que antes pasaba por encima, de repente sí.
Un último apunte que sale de refilón y que da que pensar sobre el estado del género: antes la editorial hacía de filtro y ahora publica cualquiera, así que hay mucho libro idealizado dando vueltas. Viniendo de cuatro personas que se dedican a vender cosas por internet, la observación tiene su gracia.