Narradores latinoamericanos del siglo XXI que tienes que leer

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Pila de novelas latinoamericanas contemporáneas sobre una mesa de madera junto a una taza de café y luz cálida de lámpara

La primera vez que leí «Distancia de rescate» lo hice de una sentada, un domingo por la tarde, y cuando terminé me quedé un rato mirando la pared sin saber muy bien qué me acababa de pasar. Ese es el efecto que buscas cuando alguien te pide que le recomiendes narradores latinoamericanos del siglo XXI: no un nombre para quedar bien en una sobremesa, sino un libro que te deje tocado. Así que aquí va mi lista, la de verdad, la que le paso a la gente que me importa.

No están todos los que son, evidentemente. Pero a estos los he leído, los he releído y los defendería en cualquier bar. Te cuento por dónde empezar con cada uno, porque entrar por el libro equivocado es la mejor manera de dejar a un autor a medias.

Los narradores latinoamericanos del siglo XXI por los que yo empezaría

Samanta Schweblin (Argentina)

Si solo puedes leer a una persona de esta lista, que sea ella. «Distancia de rescate» (2014) es una novela corta, apenas cien páginas, construida como una conversación febril entre una mujer que se muere y un niño que no es su hijo. Da miedo sin enseñar el monstruo, que es lo más difícil que hay. Cuando la termines, ve a por «Kentukis» (2018), donde coge la tecnología de vigilancia y la convierte en algo íntimo y perturbador. Sus cuentos de «Pájaros en la boca» también son una puerta de entrada estupenda si te van las distancias cortas.

Mariana Enríquez (Argentina)

Enríquez escribe terror, pero terror con Argentina dentro: la dictadura, la pobreza, los desaparecidos, la casa encantada que en realidad es un país. Empieza por los cuentos de «Las cosas que perdimos en el fuego» (2016), que se leen rapidísimo y te dejan el cuerpo raro. Cuando estés preparado para el compromiso largo, «Nuestra parte de noche» (2019) es una novela enorme, ganadora del Premio Herralde, que mezcla lo sobrenatural con la historia reciente del país. No es una lectura ligera, pero engancha como pocas.

Fernanda Melchor (México)

«Temporada de huracanes» (2017) es de esos libros que te dejan sin aliento por la forma antes que por la historia. Frases larguísimas, sin apenas puntos, que arrastran como un río crecido alrededor del asesinato de una mujer conocida como la Bruja en un pueblo perdido de Veracruz. Es dura, muy dura, así que aviso. Pero si aguantas el primer capítulo, ya no la sueltas. Melchor escribe la violencia mexicana sin morbo y sin excusas, que tiene mucho mérito.

Alejandro Zambra (Chile)

Después de tanta intensidad, Zambra es un respiro sin ser menos profundo. Empieza por «Bonsái» (2006), una novelita mínima sobre una pareja que se cuenta libros en la cama. En una tarde te la lees. Luego salta a «Poeta chileno» (2020), su libro más ambicioso, una historia sobre padrastros, poetas y la escena literaria de Santiago que es tierna y divertidísima a la vez. Zambra tiene esa cosa rara de escribir sencillo diciendo cosas complicadas.

Yuri Herrera (México)

«Señales que precederán al fin del mundo» (2009) es breve y parece un mito. Una mujer, Makina, cruza la frontera hacia Estados Unidos a buscar a su hermano, y el viaje se cuenta como un descenso al inframundo. El lenguaje que inventa Herrera, mitad calle mitad leyenda, no se parece a nada. Si te gusta, sigue con «Trabajos del reino». Son libros cortos con la densidad de una novela de trescientas páginas.

Juan Gabriel Vásquez (Colombia)

Para cerrar, alguien más clásico en las formas pero contemporáneo en lo que cuenta. «El ruido de las cosas al caer» (2011), Premio Alfaguara, es la mejor puerta de entrada: Bogotá, el narcotráfico visto desde la memoria personal y no desde el titular, la manera en que la violencia se cuela en las biografías de gente corriente. Vásquez escribe una prosa serena que contrasta con lo que narra, y ese contraste es justo lo que lo hace grande.

Cómo yo montaría el orden de lectura

Si empiezas de cero, mi ruta sería esta: Zambra o Schweblin para engancharte con poco, Herrera para la sorpresa del lenguaje, y luego ya te lanzas a Enríquez y Melchor cuando tengas el estómago hecho. Vásquez encaja bien cuando te apetezca algo más pausado y con peso histórico.

Verás que casi todos empiezan por libros cortos. No es casualidad: la novela corta y el cuento están viviendo un momento buenísimo en Latinoamérica, y son la mejor forma de probar una voz sin comprometer una semana entera de lecturas. Si te va ese formato, te gustará mi lista de novelas cortas para leer de una sentada.

Un par de avisos antes de que te lances

Primero: mucha de esta literatura toca la violencia de frente. No es gratuita, pero está ahí, y si vienes buscando evasión pura quizá no sea tu momento. Segundo: no te dejes intimidar por la etiqueta de «literatura latinoamericana» como si fuera un club cerrado con contraseña. Estos libros se leen solos, no hace falta haberse empapado antes de Cortázar ni de García Márquez para disfrutarlos, aunque si vienes de ahí, mejor todavía.

Y si después de esta tanda te quedas con ganas de seguir tirando del hilo, échale un ojo a lo que escribí sobre las autoras que están cambiando la narrativa actual, porque hay solapamientos deliciosos. Ahora te toca a ti: coge uno, ponte un café y me cuentas. A mí «Distancia de rescate» todavía me persigue.

Librero Libre

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