«Tontocracia», o por qué leer entero se ha vuelto un acto raro

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Todos conocemos a alguien que tiene doce libros empezados. Los tiene en la mesilla, en el sofá, en el bolso, y va picoteando de uno a otro con la sensación agradable de estar leyendo mucho. Al cabo del año ha terminado dos. Lo cuenta medio en broma, porque suena a exceso de curiosidad, y en el fondo es otra cosa.

Me he acordado de esa escena leyendo lo que ha dicho Santiago Ávila, doctor en Economía y autor de Tontocracia. En busca de la sensatez perdida, en una entrevista en Onda Vasca: «Es la primera vez en la historia que tenemos tanto titulado superior que es analfabeto funcional». La frase se ha compartido mucho, casi siempre sin abrir la entrevista, lo cual tiene su gracia.

De qué va el libro

Ávila plantea un recorrido por la incompetencia normalizada: cómo se cuela en la educación, en la política, en la empresa y en la vida corriente hasta que deja de llamar la atención. Su tesis es que hemos dejado de premiar el conocimiento y que las redes funcionan de megáfono para el discurso vacío, que así llega más lejos y más rápido que el que exige pensar.

Es un ensayo de tesis, no un manual. De los que se leen discutiendo con el autor por dentro, a veces dándole la razón y a veces poniendo peros. Eso, para quien disfruta leyendo, ya es un buen síntoma.

El término que da nombre a todo

Analfabeto funcional no es quien no sabe leer, sino quien lee y no entiende: sigue las palabras pero no sabe decir qué afirma el texto, en qué se apoya ni qué se está callando. Aplicado a alguien con estudios superiores, es una acusación seria. Y explica por qué hay discusiones públicas donde todos han leído el mismo artículo y ninguno ha leído lo mismo.

Lo que esto tiene que ver con nosotros

Aquí hablamos de libros, no de sistemas educativos. Pero hay un puente evidente: la comprensión lectora se entrena leyendo cosas largas, y leer cosas largas se ha convertido en una rareza. No por falta de tiempo —las horas de pantalla están ahí— sino por falta de costumbre de sostener la atención más de tres minutos seguidos.

Un libro es exactamente eso: un texto que no se puede resumir en un titular sin perder lo que lo hacía interesante. Terminarlo es un entrenamiento, aunque no se lea con esa intención.

Leer entero, aunque no siempre apetezca

No propongo penitencias. Abandonar un libro que no engancha es legítimo y a veces necesario. Pero abandonar todos, siempre, en el capítulo cuatro, no es criterio: es hábito. Y el hábito se cambia con cosas pequeñas.

  • Un libro a la vez, aunque tengas cinco en la lista.
  • Veinte minutos sin móvil delante. Con el móvil en la mesa no cuenta.
  • Contarle a alguien de qué iba al terminar. Si no sabes explicarlo, no lo has leído del todo.
  • Volver a un párrafo que no has entendido en vez de seguir por inercia.

Un pero al libro, y otro a la frase

Los ensayos que diagnostican la época tienen un riesgo conocido: la nostalgia. Es fácil pintar un pasado donde todo el mundo leía bien y pensaba mejor, y ese pasado no existió nunca. Habrá que ver cuánto se sostiene la tesis con datos y cuánto es impresión de quien mira alrededor y ve lo que ya sospechaba.

Y la frase del titular, que es buenísima como titular, también pide contexto. Que haya titulados que no entienden lo que leen no significa que estudiar no sirva. Significa que el título certifica un recorrido, no una capacidad, y que esa capacidad se cultiva aparte. Leyendo, entre otras cosas.

Si te apetece leerlo

Tontocracia. En busca de la sensatez perdida, de Santiago Ávila, está publicado y disponible en librerías. Da para discutirlo en un club de lectura, que es probablemente la mejor manera de leerlo: en voz alta y con alguien que te lleve la contraria.

Y si lo abres, termínalo. Sería un final feo empezar un libro sobre gente que no lee entero y dejarlo a la mitad.

Librero Libre

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