Libros prohibidos que hoy son clásicos

Pila de libros antiguos de tapa dura sobre una mesa de biblioteca iluminada por luz cálida

La primera vez que alguien me contó que Madame Bovary había acabado en un juicio, no me lo creí. ¿Un libro que hoy te ponen en el instituto, sentado en el banquillo por ofender a la moral pública? Pues sí. Y no es una rareza: buena parte de los libros que hoy consideramos intocables pasaron antes por la censura, el escándalo o directamente la hoguera. Me fascina esa paradoja, así que me he puesto a repasar unos cuantos libros prohibidos que hoy son clásicos, y te cuento qué los metió en problemas y por qué merece la pena leerlos ahora.

Aviso desde ya: no vengo a darte una lección de historia. Vengo a hacerte una lista de lecturas con una excusa buenísima detrás. Porque hay algo muy honesto en un libro que molestó de verdad a alguien. Significa que tocó un nervio.

Cinco libros prohibidos que hoy nadie discute

Madame Bovary, de Gustave Flaubert

Empiezo por la que me abrió los ojos. En 1857, Flaubert fue llevado a juicio en Francia acusado de atentar contra la moral por su retrato de Emma Bovary, una mujer casada que se aburre, se endeuda y busca en el adulterio la vida que las novelas románticas le habían prometido. Lo absolvieron, y el escándalo disparó las ventas (los juicios, ya entonces, eran buena publicidad).

Lo que a mí me atrapa no es el morbo, sino la precisión. Flaubert disecciona el aburrimiento y la insatisfacción con una frialdad de cirujano que sigue doliendo. Si nunca la has leído porque te suena a «clásico obligatorio», dale una oportunidad de adulto. Cambia la cosa.

El amante de Lady Chatterley, de D. H. Lawrence

Este es el caso de manual. Lawrence lo publicó en 1928 de forma privada en Italia, porque en Reino Unido era impensable. La edición íntegra no llegó a las librerías británicas hasta 1960, y lo hizo tras un juicio célebre contra Penguin en el que el fiscal preguntó al jurado si era el tipo de libro «que dejarías leer a tu mujer o a tus criados». El jurado absolvió. Se vendieron cientos de miles de ejemplares en cuestión de días.

Más allá del escándalo sexual, es una novela sobre las barreras de clase y sobre la necesidad de tacto, de contacto real, en un mundo que se estaba mecanizando. El sexo era la excusa; el tema es la soledad.

Rebelión en la granja, de George Orwell

Aquí la censura no vino por moral, sino por política. Orwell terminó esta fábula sobre unos animales que derrocan al granjero para acabar montando otra tiranía en plena Segunda Guerra Mundial, cuando la Unión Soviética era aliada de Occidente. Varias editoriales la rechazaron por incómoda; T. S. Eliot, entonces en Faber, fue uno de los que dijo que no. Se publicó en 1945.

Es un libro cortísimo que puedes leer en una tarde y que no se te va de la cabeza en años. Si te gusta, después casi obligatoriamente cae 1984. De hecho ya escribí sobre por qué esas distopías que deberías leer siguen tan vigentes.

Lolita, de Vladimir Nabokov

Ninguna editorial estadounidense quiso tocarla al principio. Nabokov acabó publicándola en París en 1955, y varios países la prohibieron durante años por su tema: la obsesión de un hombre adulto con una niña. Es, con diferencia, el libro más incómodo de esta lista, y con razón.

Conviene decirlo claro, porque se malinterpreta mucho: Nabokov no justifica nada. Humbert Humbert es un narrador manipulador que intenta seducirte a ti, lector, con una prosa deslumbrante para que le perdones lo imperdonable. La grandeza del libro está justo ahí, en cómo te obliga a desconfiar de la belleza de las palabras. No es una lectura ligera, pero es una lección brutal sobre cómo funciona la voz de un narrador.

Ulises, de James Joyce

La cierro con la más ambiciosa. Ulises fue perseguida por obscenidad antes incluso de estar terminada: partes se publicaron por entregas en una revista y acabaron en un juicio en Estados Unidos. El libro completo salió en París en 1922, y no se pudo publicar legalmente en EE. UU. hasta 1934, tras una famosa sentencia que decidió que no era pornográfico.

No te voy a engañar: es exigente. Un solo día en la vida de Leopold Bloom por Dublín contado con todos los trucos posibles del lenguaje. No hace falta que la termines a la primera. A mí me costó tres intentos. Pero hay capítulos que, una vez que entras, no se parecen a nada.

Qué nos enseña que estos libros fueran prohibidos

Si repasas la lista, hay un patrón. Casi ninguno fue prohibido por ser malo, sino por ser incómodo: porque contaba algo del sexo, del poder o de la moral que su época prefería no mirar de frente. El tiempo, que es un lector paciente, acabó dándoles la razón.

Me gusta pensar en esto cuando alguien pide retirar un libro de una biblioteca o de un plan de estudios. La historia está llena de censores muy seguros de sí mismos que hoy nos parecen, en el mejor de los casos, ingenuos. Y está llena de libros que sobrevivieron a todos ellos.

Así que mi recomendación, si te apetece un pequeño proyecto de lectura, es sencilla: elige uno de estos cinco, el que más te tire, y léelo sabiendo que en su día alguien no quería que lo hicieras. Se lee distinto. Y si te quedas con ganas de más rarezas literarias, tengo por aquí otras historias detrás de los libros que te van a gustar.

¿Cuál has leído ya? ¿Y cuál te da más pereza empezar? Cuéntamelo, que de eso va esto.

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