
A Kafka lo empecé mal. Me planté con El proceso a los diecinueve, convencido de que había que ir a lo grande, y lo dejé a la mitad, mareado, pensando que el problema era yo. Tardé años en volver, y cuando lo hice fue por la puerta pequeña: un cuento de veinte páginas. Ahí entendí de qué iba todo. Así que si te preguntas por dónde empezar con Kafka, te lo digo claro desde ya: no empieces por donde empecé yo.
Kafka da respeto, y con razón. Su apellido se convirtió en adjetivo («kafkiano») y eso pesa. Pero debajo del mito hay un escritor tremendamente legible, con frases limpias y un humor negro que casi nadie te cuenta. La clave está en el orden. Te propongo una ruta que va de lo accesible a lo exigente, para que no te pase lo que a mí.
Por dónde empezar con Kafka: el primer paso son los relatos
Empieza por La metamorfosis (1915). Es lo más famoso y, además, funciona como puerta de entrada perfecta. Gregorio Samsa se despierta convertido en un insecto enorme y lo primero que le preocupa es llegar tarde al trabajo. Ahí está Kafka entero: lo monstruoso tratado como una molestia doméstica, la familia que primero se asusta y luego se acostumbra, la culpa. Se lee en una tarde y te deja tocado.
Si te engancha —y suele enganchar—, sigue con los cuentos cortos. Yo iría a estos:
- «Ante la ley»: apenas dos páginas sobre un hombre que espera toda su vida frente a una puerta. Es lo más parecido a un resumen de toda su obra.
- «Un artista del hambre»: un tipo que ayuna como espectáculo de feria. Sobre el arte, el vacío y la incomprensión, sin una sola palabra de más.
- «En la colonia penitenciaria»: más duro, casi insoportable, con una máquina de castigo descrita al detalle. Kafka en su versión más física.
- «Informe para una academia»: un mono que aprende a comportarse como humano da una conferencia. Divertidísimo y desolador a la vez.
Con estos relatos ya tienes el oído hecho. Sabes cómo respira, cómo mezcla lo absurdo con lo burocrático, cómo nunca explica del todo. Si vienes de otros libros cortos que enganchan, vas a notar que Kafka juega en otra liga de incomodidad, pero la misma economía de páginas.
El segundo paso: las novelas
Ahora sí, las grandes. Y aquí va un aviso importante: Kafka no terminó ninguna de sus tres novelas, y las publicó su amigo Max Brod después de su muerte, en 1924, desobedeciendo la petición de Kafka de quemarlo todo. Le debemos mucho a esa traición.
Mi orden recomendado:
1. El proceso
Josef K. es detenido una mañana sin que le digan de qué se le acusa. A partir de ahí, un juicio que nunca se ve, tribunales en desvanes, abogados inútiles. Es la novela kafkiana por excelencia y la más redonda de las tres. Ahora que ya tienes callo con los relatos, no te va a echar para atrás como me pasó a mí. Al contrario: reconocerás el mecanismo.
2. El castillo
Un agrimensor llamado K. llega a un pueblo para trabajar en un castillo al que nunca consigue acceder. Es más lenta, más laberíntica, más obsesiva. Quedó inacabada y se nota, pero esa sensación de dar vueltas sin llegar forma parte de la experiencia. Déjala para cuando Kafka ya te caiga bien.
3. América (El desaparecido)
La más atípica y la más luminosa, dentro de lo que cabe. Un joven emigrado a unos Estados Unidos imaginados por alguien que nunca los pisó. Menos angustia, más aventura y una ternura rara en él. Es un buen sitio para respirar después de las otras dos.
Lo personal: cartas y diarios, solo si te ha atrapado
Si a estas alturas Kafka ya es tuyo, hay una última capa. La Carta al padre (escrita en 1919, publicada póstumamente) es demoledora: un ajuste de cuentas de cien páginas con su padre que nunca llegó a entregarle. Después de leerla, entiendes de dónde salían todos esos padres y todas esas autoridades aplastantes de su ficción.
Y luego están los Diarios y las Cartas a Milena, para cuando quieras al Kafka de verdad, el que dudaba, el que se enamoraba fatal, el que se reía. No son un punto de partida, son un premio para el que se queda.
Un consejo antes de empezar
No busques el «significado oculto» a la primera. Kafka funciona mejor si te dejas llevar por la atmósfera antes que por el símbolo. Lee, incomódate, ríete cuando toque —porque hay humor, aunque nadie lo diga— y ya interpretarás en la segunda vuelta. Y habrá segunda vuelta, te lo aseguro.
Si esto te ha dado ganas, échale un ojo también a cómo meterle mano a otros clásicos que imponen: casi siempre el truco es el mismo, entrar por lo pequeño antes de ir a por lo grande. Con Kafka, la puerta pequeña es un insecto que llega tarde al trabajo. Empieza por ahí.