Cómo se edita una novela: la escaleta, las entregas al editor y el fósil de Stephen King

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De un libro se habla mucho de cómo se escribe y casi nada de lo que le pasa después: la edición. Ese trabajo callado entre que un autor firma con una editorial y el libro llega a tus manos es donde una novela deja de ser un manuscrito y se convierte en algo que de verdad quieres leer. Vale la pena contar cómo es ese proceso, porque explica por qué el libro que tienes en las manos no se parece al primer borrador que escribió su autor.

Todo empieza por la escaleta

Antes de tocar una sola frase, se revisa la escaleta. Es el esqueleto de la novela puesto en un esquema: todos los capítulos, todas las tramas, todos los personajes y por dónde pasa cada uno, del prólogo al epílogo. La historia entera resumida de forma sencilla, para poder verla de un vistazo y detectar lo que cojea sin tener que releer las cuatrocientas páginas cada vez.

Es un paso poco glamuroso y absolutamente decisivo. Si una trama se desinfla en el capítulo doce o un personaje desaparece sin explicación, se ve antes en la escaleta que en el texto. Se arregla el plano antes de tocar la casa.

Las entregas al editor

Con la escaleta en pie, empieza el ida y vuelta con el editor por entregas. El autor manda partes de la novela, el editor devuelve correcciones, y así una y otra vez. Y aquí aparece la parte que más cuesta: cambiar cosas de tu propio mundo por el bien de la historia y del lector.

Porque en la edición se corrige con una prioridad clara: la trama y que el lector empatice con ella por encima de cualquier frase bonita. Da igual lo orgulloso que esté el autor de un párrafo; si frena la historia o distancia a quien lee, se recorta. Editar bien es aprender a soltar lo que te gusta a ti para quedarte con lo que le sirve al lector.

Releer, releer y releer

Lo que más sorprende de este oficio es la cantidad de veces que se lee la misma novela. No dos ni tres: un autor puede leer su libro veinticinco veces antes de darlo por bueno, y en cada pasada sigue aprendiendo de sus personajes y mejorándolos.

De ahí sale una idea que conviene que sepa cualquiera que escriba: el libro que lees jamás es el primer borrador. Mucha gente se frustra al terminar su primer manuscrito y verlo lleno de fallos, y abandona pensando que no vale. No hay que frustrarse. Todos los libros que admiras han pasado por decenas de manos, tijeras y relecturas. El primer borrador no es el libro: es el bloque de piedra del que saldrá.

La metáfora del fósil, de Stephen King

Hay una imagen para todo esto que la dijo mejor que nadie Stephen King en Mientras escribo. King comparaba escribir y editar con desenterrar un fósil que ya está bajo tierra. No lo inventas: lo descubres, cavando con paciencia lo que ya estaba ahí.

Muchas veces la imaginación no surge, la inspiración falla y la edición se atranca. Pero si sigues cavando despacio, acabas encontrando piezas que ni sabías que funcionaban, cambios que al principio parecían no encajar y de pronto te das cuenta de que tenían que ser así desde siempre. En realidad ya eran así; lo que pasa es que ni el propio autor era consciente. Esos son los cambios que más asustan y, a la vez, los que más iluminan una novela: cada uno la deja un paso más cerca de lo que tenía que ser.

Así que la próxima vez que abras un libro que te atrape, acuérdate de que detrás hay una escaleta revisada mil veces, un montón de entregas, decenas de relecturas y un fósil que alguien estuvo semanas desenterrando con cuidado para que a ti te llegara entero.

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