«El último ultramar»: Mariame, la ingeniera que cataloga la muerte (y una lección de cómo se construye un personaje)

Cápsulas de hibernación iluminadas en el anillo oscuro de una nave espacial

Hay personajes que ocupan una novela entera y se te olvidan al cerrarla. Y hay personajes que aparecen casi en un solo capítulo y se te quedan viviendo dentro durante semanas. Mariame Ndoye es de los segundos. La conocí leyendo «El último ultramar», de Helena Wagner, y llevo días pensando en ella. Quiero contarte por qué, porque su personaje es una pequeña lección de cómo se hace esto de crear gente de mentira que parece de verdad.

Aviso: voy a hablar de cómo está construida, no de lo que pasa. Nada de destripar la trama. Lo que hace Wagner con esta mujer se puede admirar sin estropearle a nadie el viaje.

Fan art de Mariame Ndoye, ingeniera senegalesa de soporte vital, con un café en la mano en el pasillo de una nave
Mariame Ndoye, según la imaginé al leerla. Fan art basado en «El último ultramar», de Helena Wagner.

Una ingeniera que solo sabe querer catalogando desastres

Mariame es ingeniera de sistemas de soporte vital: su trabajo es diseñar las máquinas que mantendrán viva a la gente durante un viaje de casi mil quinientos años. Franco-senegalesa, nacida en Dakar, criada en Lyon, con un español de acento imposible de ubicar y la costumbre de soltar, cuando se enfada, algún insulto técnico en wolof. Hasta aquí, una ficha. Lo que la convierte en persona es lo que hace con el miedo.

Porque Mariame tiene una lista de diecisiete formas de morir dentro de una cápsula de hibernación. Y —este es el detalle que la retrata entera— las ordena «por elegancia, no por probabilidad. La probabilidad es aburrida; la elegancia no». Su favorita es la número doce, un fallo silencioso en el que los dos sistemas de seguridad, fabricados por el mismo proveedor el mismo día, mueren a la vez sin dar una sola alarma. La llama elegante porque «es una traición: el sistema te mata usando exactamente lo que pusiste para salvarte».

Aquí está la maestría. Wagner nunca escribe la frase «Mariame es una madre aterrorizada que quiere a la gente y no sabe decirlo». No hace falta. Te enseña a una mujer nombrando catástrofes con humor negro y precisión de relojera, y tú entiendes solo, sin que te lo expliquen, que cada muerte de esa lista es una persona a la que ella ha prometido despertar. Catalogar el desastre es su forma de querer. Es «show, don’t tell» llevado al hueso.

Una voz que no se parece a ninguna otra

Si tapas los nombres en un buen libro, deberías saber quién habla solo por cómo habla. A Mariame la reconoces a la primera. Bautiza sus muertes como quien pone mote a los vecinos: a la número quince la llama «la francesa», «porque llega sin avisar, se porta con educación y nadie se entera hasta que ya es demasiado tarde». A la número tres, la del reloj interno que se desajusta un pelo cada día hasta equivocarse de siglo, la llama «la impuntual».

Y de vez en cuando suelta una frase que te obliga a parar y subrayar. La mía, la que apunté: «Una cosa que has nombrado deja de poder cogerte por la espalda». Ahí tienes, en doce palabras, la explicación de por qué esta mujer se pasa el día hablando de la muerte. No es morbo. Es conjuro. Es la manera que ha encontrado de que el miedo no la ataque por detrás. Un personaje con una filosofía propia, coherente, que explica todo lo que hace: eso no se improvisa.

«Los hijos son flechas. Tú eres el arco»

Sin contar nada que no debas saber antes de tiempo, sí te digo dónde está el corazón del personaje. Mariame tiene hijos, y en el mundo de esta novela son los pequeños quienes hacen el viaje, no los adultos. A ella le toca quedarse. Cuando el protagonista le pregunta cómo lo lleva, no se derrumba ni da un discurso. Contesta con lo que le decía su abuela en Dakar:

«Los hijos son flechas. Tú no viajas con la flecha. Tú eres el arco. El arco se queda vibrando, pero se queda.»

Se me hizo un nudo. Porque en esa imagen está toda ella y está, de paso, uno de los grandes temas del libro: los que lanzan y no verán llegar. Wagner le da al personaje una metáfora que le pertenece —viene de su abuela, de su tierra, no es un adorno del narrador— y con ella resume una vida entera. Eso es construcción de personaje del bueno: darle a cada uno no solo una voz, sino un mundo del que esa voz procede.

Por qué esto está tan bien hecho

Resumo lo que aprendí releyéndola, por si escribes o simplemente disfrutas fijándote en cómo están hechas las cosas:

  • Se muestra, no se explica. Sabemos que ama por cómo cataloga la muerte, no porque nadie nos lo diga.
  • Tiene una voz inconfundible. El humor, la precisión, los motes: la reconocerías con los ojos cerrados.
  • Su carácter nace de su origen. Dakar, Lyon, el wolof, la abuela y las flechas no son relleno: son de dónde sale su manera de mirar el mundo.
  • Encarna un tema. No es solo simpática; es la idea del arco y la flecha hecha persona.
  • Cunde poco espacio y deja mucha huella. No necesita media novela para quedarse contigo.

Y lo mejor es que Mariame no es un caso aislado. Es solo el ejemplo que a mí más me tocó, pero el libro está lleno de gente así de viva: hay una inteligencia artificial con una honestidad que desarma, hay niños que piensan más claro que los adultos, hay una señora de hotel que dice más con un silencio que otros con un párrafo. Cuando una novela cuida así a sus personajes secundarios, sabes que estás en buenas manos.

Si quieres conocer a Mariame —y al resto— por ti mismo, «El último ultramar» está disponible en Amazon. Y si te apetece leer antes de qué va todo esto sin destripes, te dejé mis impresiones en esta reseña de la novela.

Yo, por mi parte, sigo pensando en el arco que se queda vibrando. Buena señal: los personajes que de verdad están bien construidos no se bajan del libro cuando lo cierras.

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