En junio de 1963, la editorial Sudamericana publicaba en Buenos Aires Rayuela, de Julio Cortázar. Llevaba el subtítulo más prometedor de la literatura del siglo XX: «de muchos modos». Y la primera página llevaba un «tablero de dirección» con dos órdenes de lectura: el normal (de la página 1 al capítulo 56) y el saltado (155 capítulos en orden no consecutivo, que termina llevándote en un bucle final).
Sesenta años después, Rayuela sigue siendo la novela más comentada del Boom latinoamericano y posiblemente la más imitada. Una bibliografía propia de tesis doctorales, ediciones críticas, manuales de literatura. Y, sobre todo, una novela que cada generación nueva descubre con esa mezcla de fascinación y desconcierto que define las obras vivas.
Lo que Cortázar quiso hacer
Cortázar buscaba un «lector cómplice», no un «lector hembra» (la expresión es suya, no recomendable hoy pero hay que citarla). Quería que el lector trabajara con él, eligiera, recompusiera, completara los huecos. Rayuela es, en ese sentido, la primera gran novela hipertextual antes de que existiera el hipertexto.
Y, en cierta forma, es la novela que más cómo se podría leer una novela hoy: con saltos, con dudas, con relecturas de capítulos sueltos, con la sensación de que la trama es solo una excusa para algo más.
De qué va (sin destripar)
Horacio Oliveira, un argentino en París, frecuenta el «Club de la Serpiente»: un grupo de bohemios discutiendo jazz, filosofía y arte. La Maga, también argentina, es su amante. Un niño, Rocamadour, vive en el barrio. Hay otro Oliveira que, más tarde, está en Buenos Aires, con un amigo (Traveler) y su mujer (Talita).
Eso es la trama. Pero Rayuela no es sobre la trama. Es sobre la sensación de Oliveira de buscar algo que se le escapa, sobre los juegos del lenguaje, sobre la posibilidad o imposibilidad de un encuentro auténtico. La novela está plagada de citas, recortes de prensa, fragmentos teóricos, jazz, glíglico (un idioma inventado), referencias literarias.
Por qué sigue ganando lectores
Tres razones que se observan:
- El método de lectura. La idea de poder leer un libro en dos órdenes distintos sigue fascinando a lectores jóvenes que ya están entrenados en la no linealidad de internet.
- La voz. Cortázar escribe con un humor melancólico que envejece bien. No hay esa pompa que sí asoma en otros autores del Boom.
- La Maga. El personaje sigue siendo una de las grandes creaciones del siglo XX. Los lectores se enamoran de ella sin tener muy claro por qué, y ese sin tener muy claro es justamente lo que Cortázar quería.
Hay que volver a Cortázar
Si nunca has leído Rayuela, este es un buen momento. Si la leíste hace años, hay un placer especial en releerla a los 30, a los 40, a los 50: cada edad la convierte en una novela distinta. Y eso, en literatura, es la mayor recompensa posible.
Sesenta años después, Rayuela sigue siendo el manifiesto del lector activo. Y eso, en una época de scroll infinito, importa más que nunca.

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